La comida que tiramos

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El pasado mes de diciembre, el programa 30 minuts de TV3 emitía un documental titulado El menjar que llencem (La comida que tiramos). Si bien la mayoría de las cosas que mostraba ya las conocía, el hecho de verlo en imágenes y tan detallado me dejó con un sabor de boca muy amargo. Ha sido de lejos uno de los documentales que más me ha impactado y por eso quería dedicarle un post.

Lamentablemente el vídeo ya no está disponible en el archivo del 30 minuts, pero rebuscando por la red lo he encontrado en una página web rusa. A pesar de que está en francés, vale la pena que le deis un vistazo (aquí). 16/08/2012: un lector me acaba de informar que el enlace del vídeo en francés ya no está disponible, pero que TV3 ha vuelto a emitir el reportaje este verano (aquí). Es posible que cómo en la anterior ocasión, sólo esté disponible durante un breve periodo de tiempo, así que os recomiendo que le deis un vistazo, porque cómo ya es conocido por todos “una imagen vale más que mil palabras”.

Además de las imágenes, también quería aprovechar para haceros un pequeño resumen en forma de texto de lo que aparece en el documental, añadiendo algunos comentarios, que desde mi punto de vista, invitan a la crítica y a la reflexión (o esta ha sido al menos mi intención). Manos a la obra pues:

El documental inicia en casa de una familia francesa. La mujer, una maestra de escuela, llega de hacer la compra con sus hijos y al abrir la nevera para guardarla, se da cuenta que hay muchos alimentos que ya han caducado y que tiene que tirar. ¿Por qué compra tanta comida si la acaba tirando? La respuesta que nos da es porque tiene miedo de no tener cuando necesite.

Pero no son los hogares los únicos que tiran la comida. El reportaje nos traslada ahora a la cocina de un instituto cualquiera, donde los trabajadores observan como día sí día también, la mitad de la comida que sirven en los platos de los alumnos y de las rebanadas de pan que éstos cogen (pueden coger tantas cómo quieran) acaba en la basura. A la pregunta de si piensan que están haciendo un derroche, los alumnos responden sin pensarlo que “no, porque lo hemos pagado”. A pesar de que los cocineros no se cansan de reiterar que esto es un hecho que se repite día tras día, el instituto (cómo otros muchos de los centros educativos no sólo franceses, sino del resto del mundo con más recursos) no dispone de ninguna política para mejorar la situación.

Del instituto nos trasladan a un gran hipermercado. Antes de abrir las puertas, y como cada día al inicio de la jornada laboral, los trabajadores sacan de los estantes todos aquellos productos que ya no pondrán a la venta. La lista es larga: barras de pan, pastelería y bollería del día anterior, fruta y verdura que a pesar de que está en buen estado no presenta un aspecto suficientemente reluciente, kilos de carne también en buen estado pero que ha pasado de tener un color rojo brillante a un poco más marrón, platos precocinados refrigerados que se tiran porque la fecha de caducidad es demasiado cercana (según el responsable del hipermercado, aunque esté en buen estado, si el cliente observa que en otro supermercado tienen el mismo plato precocinado pero con una fecha de caducidad más larga, cambiará de centro de compras), paquetes de cereales que acaban en la basura porque se pidieron demasiados y hay un exceso de stock, cajas de galletas con el cartón arrugado por una esquina, endibias (y aquí os recomiendo ir al minuto 11.12 del reportaje) que se comercializan en bolsas de tres unidades y que “hay” que tirar porque una de ellas presenta una pequeña mancha negra (¡una de las tres! las otras dos están en perfectas condiciones! ¡incluso la de la mancha negra si se le sacan las hojas más externas es perfectamente comestible!).

En definitiva, comida en buen estado que acaba en la basura porque según su política comercial, les sale más rentable tirarlo que arriesgarse a perder clientes. En el caso concreto de las endibias, los reporteros preguntan a uno de los trabajadores el por qué no se abre la bolsa y se aprovechan al menos las otras dos. El trabajador responde (no sé si realmente convencido o reproduciendo el discurso de la empresa) que se perdería mucho tiempo abriendo las bolsas, así que sale más económico tirar la bolsa con las tres endibias que todavía están en buen estado y son perfectamente comestibles que pagar las horas a un trabajador para que seleccione las verduras.

Yo no soy experta en economía de empresa y no dudo que pueda efectivamente ser más económico, pero… y ético, ¿lo es?

¿Pero es todo culpa de los hipermercados y sus políticas de empresa? Dejando de lado la poca ética que puedan tener o no tener las medidas que toman, sobre lo que quiero que reflexionemos es que si las adoptan, es porque nosotros (consciente o inconscientemente) se lo exigimos. ¿O a caso compraríamos la bolsa con la endibia manchada habiendo decenas de bolsas al lado con endibias sin manchas y más “bonitas”?

Melones para tirar. Fuente: http://rutube.ru/tracks/5008624.html

Bien, regresemos al documental, que para mostrarnos como este derroche empieza ya en la producción de los alimentos, nos lleva a una explotación de melones. La productora nos explica que tiran toneladas y toneladas de melones comestibles y en buenas condiciones sólo porque son “feos” (por si no os lo habíais preguntado nunca, se considera que un melón es feo cuando está arrugado -sí, la tiranía del “forever young” también en la piel de las frutas 😉 -) o porque tienen un tamaño más pequeño que el que reclaman los supermercados y las grandes superficies (un ejemplo más de como los agricultores se ven apretados por las demandas de las grandes marcas, pero este es un tema para un futuro post). Así pues, melones arrugados y demasiado pequeños, acaban podridos en el campo (no sale rentable ni recogerlos) o en la basura. ¿Por qué? Pues porque el destinatario final, es decir, nosotros, exigimos un producto “perfecto” en cuanto al color, tamaño, brillantez, uniformidad, etc.

Ahora el documental cierra el círculo (consumidor-supermercado-productor) y nos vuelve a mostrar a la maestra de escuela comprando en su hipermercado habitual. Es una consumidora exigente que antes de comprar, mira y remira las fechas de caducidad para escoger aquellos productos que tienen una fecha de caducidad más larga, que escoge sólo las piezas de frutas y verduras que sean perfectas y sin ningún defecto, llegando incluso a rechazar unos tomates que considera que no son frescos porque observa una pequeña marca o un golpe en uno de ellos.

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Tomate manchado. Fuente: http://rutube.ru/tracks/5008624.html

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Visto desde casa, nos puede parecer que la actitud de la mujer es un poco exagerada y “tiquismiquis”, pero estoy segura que si hacemos el esfuerzo de ponernos en situación e imaginarnos a nosotros haciendo la compra, muchos nos daremos cuenta de que actuamos del mismo modo. Incluso pienso que en realidad es normal que tengamos esta actitud. Desde hace tiempo, y los dietistas-nutrcionistas incluidos, hemos ido animando a la gente a leer las caducidades de los alimentos y a aprender a escoger los productos más frescos y los envases en las mejores condiciones. Y así lo tenemos que seguir haciendo, pero quizás lo que hay que replantear son los estándares de frescura, el diferenciar cuando un envase malogrado puede ser señal de un peligro para la salud o cuando simplemente es un problema estético y la posibilidad de plantearse alargar las fechas de caducidad, como ya se está proponiendo desde la Unión Europea (sobre este tema hablaremos más a fondo en el próximo post).

Pero no todo el panorama es tan negativo. En el reportaje también aparece una gran superficie que produce energía con los alimentos que tira y una cadena que antes de tirar los alimentos, apuesta por cederlos a voluntarios de la Cruz Roja que los recogen para repartirlos entre las personas que más los necesitan. La cara negativa es que de nuevo, y tal como explica una de las voluntarias, son mayoría los supermercados que no les permiten recoger la comida, siguiendo con la misma política de que sale más rentable tirarlo que darlo (ya sea por la posibilidad de perder posibles clientes que dejarían de comprar si se les regalan los productos y/o para evitarse hipotéticos casos de denuncias por intoxicaciones o infecciones alimentarías). Incluso, y esto ya hace poner los pelos de punta, hay algunos que obligan a sus trabajadores a rociar con lejía los alimentos que ya no se ponen a la venta para que nadie los pueda aprovechar.

Observadlo con vuestros propios ojos en este pequeño fragmento del documental (en catalán) que he conseguido encontrar:

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¿Sobre quien recae pues la responsabilidad de este derroche de alimentos? ¿Sobre los productores? ¿Sobre las grandes empresas? ¿Sobre los supermercados? ¿Sobre el consumidor? Pienso que es responsabilidad de todos, y que es importante que cada uno de nosotros tome conciencia y haga todo lo que esté en sus manos para evitarlo.

En el próximo post hablaremos de las cifras del derroche y sobre lo qué podemos hacer nosotros como consumidores para reducirlas o evitarlas. Plantearemos propuestas y pondremos sobre la mesa algunas leyes que existen (a favor y en contra) de algunas de estas propuestas.

Cómo siempre, si tenéis algún comentario o queréis proponer posibles soluciones para evitar este derroche, recordad que este espacio es de todos y para todos 😉

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2 comentarios en “La comida que tiramos

  1. na dijo:

    me gusta mucho el análisis que haces del reportaje, yo también le vi y también quedé impactada… Espero ansiosa el proximo post. un saludo

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